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Cultura: LAS LAVANDERAS
Enviado el Jueves, 23 noviembre a las 12:00:00 por Loli_03

esquinademauricio



Mª Dolores López- Tercero Sánchez
Jueves 23 de noviembre del 2017

¿Quién no ha oído hablar de cómo su madre, abuela o bisabuela iban en otros tiempos a lavar la ropa a la Laguna de Moral? 

 ¿Quién no guarda en su casa una pila de madera, empleada años atrás en el lavado manual de las prendas? 

 Pero, ¿sabemos cuándo comenzó a ser un oficio en auge y abrirse camino como medio de subsistencia de una familia?  O, ¿cómo se procedía para el lavado de las ropas? 

 Si quieres saber más sobre este oficio ya desaparecido, Esquina de Mauricio te invita a seguir leyendo. 


Las lavanderas ya fueron mencionadas en la Biblia y sirvieron de tema para numerosas obras artísticas de maestros como Goya o Gaudí, entre muchos otros.

 Una tarea propia de las amas de casa, hasta que se convierte en un oficio como tal en los siglos XIX Y XX, generando ciertos ingresos para la familia.  

 Desapareció hace años en el mundo occidental aunque, en la actualidad, en países del tercer mundo, muchas mujeres siguen desempeñando tal trabajo.

 Este oficio, se desarrolló en hoteles y casas de los más pudientes, a los que acudían las mujeres para recoger la ropa que debía ser lavada y, en ocasiones, también planchada por ellas. 

 El transporte de las ropas se hacía en hatillos de tela o cestos de mimbre, al costado o sobre la cabeza de las lavanderas, quienes recorrían varios kilómetros hasta llegar a la orilla del río o riachuelo donde, de rodillas sobre una piedra o tabla, desarrollaban su labor. En el mejor de los casos, ciertas ciudades contaban con un lavadero público, resguardado de las inclemencias del tiempo, y al que las mujeres se turnaban para hacer uso del mismo, pues no siempre cabían todas.

 Estos lugares, especialmente las orillas de los ríos, eran muy frecuentados por los mozos, quienes entraban en conversación con las jóvenes lavanderas, con el fin de agasajarlas. Incluso, en algunas ocasiones, transportaban ellos mismos la pesada carga de vuelta al pueblo o ciudad.

 Y es que, estas zonas no eran un mero lugar de trabajo, sino que también lo eran de ocio y relaciones sociales, donde tenían lugar conversaciones de cualquier tipo para amenizar la faena que, generalmente, duraba todo el día. En el peor de los casos, se podía llegar a discusiones entre mujeres, incluso a las manos, debido a chismorreos o palabras groseras. 

 El oficio de lavandera era muy duro, y para llevarlo a cabo de forma efectiva, debían seguirse una serie de pautas. 

 En primer lugar, las prendas eran remojadas, y posteriormente enjabonadas, con un jabón elaborado de forma totalmente artesanal por ellas mismas, y frotadas con cenizas en los lugares donde tenían las peores manchas. Para ablandar las prendas y deshacerse de la suciedad, las lavanderas golpeaban las ropas con mazos, sobre las piedras o contra la pila de madera que llevaban de sus casas.

 Tras el primer lavado, las ropas eran tendidas al sol, sobre las rocas, hierba o zarzas, salpicándolas de vez en cuando para evitar que se secaran del todo, cuyo propósito era que el sol blanqueara las prendas y desaparecieran las manchas amarillas. 

 Posteriormente, se volvían a remojar, enjabonar y lavar. Una vez las ropas quedaban limpias, eran tendidas de nuevo al sol, esperando a que se secaran para poder regresar a casa. En el caso de que no estuvieran secas del todo, debían, igualmente, recogerlas y volver a casa, con el doble de peso de las prendas húmedas sobre sus hombros, donde las secarían como buenamente pudieran. 

 Una vez finalizado el trabajo, las prendas eran devueltas, recibiendo por cada una de ellas, según el tejido y la cantidad de las mismas, algunos céntimos de peseta que sin duda ayudaban a la supervivencia de la familia.    

 
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