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Cultura: EL ENTERRADOR Y EL RESUCITADOR
Enviado el Jueves, 08 febrero a las 12:37:04 por Loli_03

esquinademauricio

Mª Dolores López- Tercero Sánchez
8 de febrero del 2018


El oficio de enterrador es tan antiguo como la aparición del ser humano, o casi, y la necesidad de dar un lugar digno, para el Más Allá, a nuestros seres queridos. 

 Por otra parte, el oficio de resucitador, muy ligado al anterior, es bastante más reciente en el tiempo. 

 Si quieres saber más sobre ambos oficios, uno de ellos ya desaparecido y el otro aún existente, te invitamos a seguir leyendo.


Puede que a algunos les cause escalofríos el pensar que otras personas se dediquen a tales oficios. Sin embargo, el trabajo de enterrador es tan común y honrado como cualquier otro y, por supuesto, muy necesario, pues sin ellos tendríamos que ser nosotros mismos quienes nos encargásemos de dar sepultura a nuestros familiares y amigos.

 Por suerte, aún hay quienes se dedican a estos menesteres, facilitando la tarea al resto de la población. 

 El enterrador, o sepulturero, no sólo se ocupaba (y ocupa) de enterrar a los difuntos, antaño en tierra, hoy día bajo una sepultura de mármol o piedra, sino también de desenterrar los restos, para hacer reducción de los mismo o, si fuera necesario, incinerarlos. 

 Durante décadas fueron marginados por la mayoría de la población, debido al oficio desempeñado.

 Es un trabajo llevado, generalmente, por hombres, años atrás con poca o ninguna cultura, en cuanto a leer y escribir ser refiere. Hombres de rostro pálido, serio, sombrío y envueltos en cierto halo de misterio o, al menos, así los veían la mayoría de nuestros antepasados.  

Mostrado por la televisión y el cine como personas frías, sin sentimientos y, en general, vestidos todo de negro y con sombrero. 

 Nada más lejos de la realidad, los enterradores eran padres de familia, quienes muchas veces fueron marcados de por vida por las escenas que debieron presenciar debido a su trabajo. Un oficio digno como cualquier otro que en muchos casos fue desempeñado por padres e hijos siendo los primeros quienes instruían a sus primogénitos.

 Haciendo uso de pala, para cavar un rectángulo, previamente medido, en la tierra que diera cobijo al fallecido, y con cuerdas o maromos, para facilitar el descenso del cuerpo hasta el lugar de su eterno descanso. 

Muy unido a este oficio, que en la actualidad se sigue desarrollando y mucho mejor considerado que antaño, se encontraba el oficio de resucitador o ladrón de cadáveres.  

Aunque para algunos suene extraño y algo lúgubre, era un trabajo bastante común. Desempeñado por hombres que estaban al día de los recién fallecidos, sobre todo en las grandes ciudades, para proceder a la exhumación, y vender el cuerpo a los demandantes del mismo, que eran principalmente las facultades de medicina. 

Lo común de estas facultades era hacerse, en base a la ley establecida, con los cuerpos de los fallecidos, en hospitales, que nadie reclamaba; pero, el aumento de los estudios de anatomía hicieron que la demanda fuera mucho mayor que la oferta que existía, obligándoles a actuar al límite de la ley, lo que propició la aparición de los ladrones de cadáveres, oportunistas que supieron aprovecharse de la situación para ganarse un sueldo y poder subsistir. Algo que se daba sobre todo en Inglaterra.

 En Moral de Calatrava  no existieron los resucitadores, al menos que tengamos consciencia de ello, pero sí fueron famosos los enterradores de años atrás, especialmente los popularmente conocidos como “Fortunica” y “Calicata”, quienes dieron lugar a una coplilla conocida por todo buen moraleño:   

“Diego Periquito 
  toca las campanas, 
 Fortunica y Calicata 
 los llevan a enterrar.”

 
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