Cuando ser diferente era un castigo

Ángel Jesús Naranjo Castro “Harry”.- Moral de Calatrava, 22 de septiembre de 2026.-

Hace poco descubrí un documental llamado Solo pienso en ti. Pensé que iba a encontrar una historia de amor. Y la encontré. Pero también encontré algo mucho más profundo: el retrato de una época en la que muchas personas con discapacidad tuvieron que luchar, no contra su condición, sino contra una sociedad que les cerraba puertas antes incluso de conocerlas.

El documental narra la historia de dos personas con discapacidad intelectual que se conocieron gracias a PROMI, una asociación creada en 1978. Lo que para muchos podría parecer una simple historia romántica es, en realidad, el reflejo de una realidad que durante años permaneció oculta a los ojos de gran parte de la sociedad.
Hubo un tiempo en España en el que nacer con una discapacidad significaba cargar con un peso añadido. Un tiempo en el que demasiadas personas fueron apartadas, invisibilizadas o condenadas a vivir bajo la sombra de los prejuicios. Un tiempo en el que encontrar trabajo era una batalla casi imposible, en el que enamorarse parecía un privilegio reservado a unos pocos y en el que la sociedad decidía por ellos lo que podían o no podían llegar a ser.

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Muchas familias tuvieron que convivir con el rechazo social. Muchas personas crecieron escuchando que nunca serían capaces de llevar una vida plena. Y demasiadas veces se les negó algo tan básico como la oportunidad de demostrar quiénes eran realmente.
Las palabras también fueron una forma de exclusión. Términos que hoy nos resultan hirientes y ofensivos eran utilizados con absoluta normalidad. Palabras que reducían a las personas a una etiqueta. Palabras que ocultaban algo fundamental: detrás de cada discapacidad había una persona con sentimientos, ilusiones, miedos, talentos y sueños.
Por eso Solo pienso en ti es mucho más que una historia de amor.
Es una historia de resistencia.

Es la demostración de que ni los prejuicios ni las barreras pudieron impedir que dos personas se enamoraran, se comprendieran y lucharan por vivir su vida con dignidad. Es la prueba de que el deseo de ser feliz no entiende de etiquetas ni de limitaciones.
Afortunadamente, la sociedad ha cambiado. Se han conquistado derechos impensables décadas atrás. Hoy existen más oportunidades, más inclusión y una mayor conciencia social. Pero sería un error pensar que la lucha ha terminado.

Porque las barreras no siempre son visibles.
Algunas están en las calles.
Otras en los lugares de trabajo.
Otras en las aulas.

Y algunas siguen escondidas en determinadas miradas, comentarios o prejuicios que continúan cuestionando el valor de las personas con discapacidad.
Por eso recordar historias como esta no es únicamente un ejercicio de memoria.
Es un acto de justicia.
Es mirar de frente a una realidad que durante demasiado tiempo permaneció sepultada bajo el silencio y la indiferencia. Es recordar a quienes fueron tratados como diferentes cuando lo único que deseaban era lo mismo que cualquier ser humano: vivir, amar, trabajar, tener amigos, construir un futuro y encontrar su lugar en el mundo.

Hubo quienes les dijeron que no podrían.
Hubo quienes decidieron por ellos.
Hubo quienes les cerraron puertas.
Y aun así siguieron adelante.
A pesar de las dificultades.
A pesar de los prejuicios.
A pesar de una sociedad que demasiadas veces confundió la diferencia con la inferioridad.

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Por eso la pregunta no es cuánto ha cambiado el mundo desde entonces.
La pregunta es cuánto estamos dispuestos a seguir cambiándolo.
Porque una sociedad no se mide por la altura de sus edificios ni por el avance de su tecnología.

Se mide por la forma en que trata a quienes más apoyo necesitan.
Se mide por su capacidad de respetar.
Por su capacidad de incluir.
Por su capacidad de reconocer la dignidad de cada persona.

Y cuando dentro de muchos años alguien vuelva la vista atrás y observe nuestra época, ojalá pueda decir que fuimos capaces de aprender de los errores del pasado.

Que comprendimos que ninguna persona vale menos por ser diferente.
Que ningún sueño debe quedar enterrado bajo el peso de los prejuicios.
Que ninguna vida merece ser reducida a una etiqueta.
Porque al final, cuando desaparecen los diagnósticos, las limitaciones y todas aquellas diferencias que algunos se empeñan en señalar, solo queda una verdad imposible de discutir:
Todos nacemos con la misma dignidad.
Todos merecemos las mismas oportunidades.
Y nadie debería sufrir jamás el castigo de ser diferente.

¿Cómo afectan las redes sociales, tanto positiva como negativamente, a la hora de relacionarnos con la gente?


Ángel Jesús Naranjo Castro “Harry”.- Moral de Calatrava, 27 mayo 2026. Vivimos en una sociedad donde las redes sociales forman parte de nuestra vida cotidiana. Plataformas como Instagram, TikTok, Facebook o WhatsApp han cambiado por completo nuestra manera de comunicarnos, de relacionarnos y hasta de entender el mundo. Hoy en día, millones de personas utilizan las redes sociales cada segundo, ya sea para hablar con amigos, compartir fotografías, informarse o simplemente entretenerse.
No podemos negar que las redes sociales tienen aspectos muy positivos. Gracias a ellas podemos mantener el contacto con familiares que viven lejos, hablar con amigos que hace tiempo no vemos e incluso conocer personas nuevas con gustos similares a los nuestros. También sirven para informar, ayudar y apoyar a personas que pasan momentos difíciles. En muchas ocasiones, las redes sociales han unido a familias, amistades y parejas separadas por la distancia.

Además, durante situaciones complicadas, como enfermedades, problemas personales o momentos de soledad, muchas personas encuentran apoyo emocional a través de internet. Las redes sociales también permiten aprender, descubrir nuevas culturas, estudiar y expresar opiniones libremente.
Sin embargo, aunque las redes sociales pueden ser una herramienta maravillosa, también se han convertido en una de las mayores preocupaciones de nuestra sociedad actual. El problema no está en las redes sociales en sí, sino en el uso excesivo y descontrolado que muchas personas hacen de ellas.
Cada día es más frecuente ver a jóvenes —e incluso adultos— completamente aislados del mundo real. Personas que pasan horas y horas mirando una pantalla, dejando de lado conversaciones, momentos familiares y experiencias reales. Muchas veces vemos grupos de amigos juntos físicamente, pero cada uno mirando su móvil sin hablar entre ellos. Poco a poco estamos perdiendo algo muy importante: la conexión humana cara a cara.
Este aislamiento social puede traer consecuencias muy graves. La ansiedad, la tristeza, la baja autoestima y la dependencia emocional hacia las redes sociales están aumentando cada vez más. Muchas personas sienten la necesidad constante de mirar el móvil, revisar notificaciones o publicar contenido para sentirse aceptadas por los demás. La felicidad de algunos jóvenes parece depender de un simple “me gusta” o de la cantidad de seguidores que tengan.

A esta dependencia se le conoce como tecnoadicción, una adicción relacionada con el uso excesivo de la tecnología y del teléfono móvil. Aunque muchas personas no le dan importancia, esta adicción puede afectar seriamente a la salud mental, al descanso, a las relaciones personales y al rendimiento académico o laboral.
Actualmente, psicólogos y psiquiatras están alertando sobre este problema. Cada vez existen más casos de jóvenes con ansiedad social, problemas de autoestima o incluso depresión relacionados con el abuso de las redes sociales. Muchas personas prefieren refugiarse detrás de una pantalla antes que afrontar conversaciones reales o relacionarse cara a cara con otras personas.
Otro problema muy grave es la falsa realidad que muestran las redes sociales. Muchas veces las personas solo enseñan la parte perfecta de sus vidas: viajes, felicidad, cuerpos perfectos o lujos. Esto provoca que otras personas se comparen constantemente y lleguen a sentirse insuficientes o inferiores. Sin darse cuenta, las redes sociales pueden convertirse en una fuente de inseguridad y sufrimiento emocional.
Por desgracia, también existe el ciberacoso, los insultos y el odio a través de internet. Muchas personas utilizan las redes sociales para hacer daño a otras personas escondiéndose detrás de una pantalla. Comentarios ofensivos, burlas o humillaciones pueden destruir psicológicamente a alguien, especialmente a jóvenes y adolescentes.

A pesar de todo esto, todavía estamos a tiempo de cambiar las cosas. Debemos aprender a utilizar las redes sociales de una manera sana y responsable. No se trata de dejar de utilizarlas, sino de encontrar un equilibrio entre el mundo digital y la vida real. Tenemos que volver a valorar las conversaciones cara a cara, las risas sin pantallas y los momentos compartidos con las personas que queremos.
Es importante recordar que ningún móvil podrá sustituir jamás un abrazo, una conversación sincera o una sonrisa real. La tecnología puede acercarnos cuando se utiliza bien, pero también puede alejarnos de quienes tenemos al lado si dejamos que controle nuestra vida.
La verdadera conexión humana no se encuentra detrás de una pantalla, sino en el corazón de las personas.

Ángel Jesús es miembro activo de «Supercampeones», dirige un programa de radio en «Radio Centenario» y ha cursado estudios en «UCLM Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Campus» de Ciudad Real.

Francisco Arroyo jefe de la policía local de Moral de Calatrava.

«Recuerdo con mucho cariño a los compañeros que se han ido jubilando»

«Una entrevista de Tere Navarro para «Encuentro», periódico de la parroquia de San Andrés apóstol de Moral de Calatrava».

Moral de Calatrava, Teresa Navarro.-  Francisco Arroyo es el jefe de la policía local de Moral de Calatrava. Está casado desde el año 2001 y tiene tres hijos. Ahora, la mayor, se ha marchado a Alicante a continuar sus estudios universitarios. Es policía por vocación. Aprobó la oposición el 1 de junio de 1998 y se incorporó a la academia de policías locales. Desde 1999 es policía en nuestro pueblo trabajando por él y para él.

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